20 mayo, 2008

Waraira repano.



Tengo una amiga extranjera que siempre viene a Caracas. En uno de esos viajes que nos encontramos nuevamente en mi ciudad me comentó: Ustedes siempre están pendientes de esa montaña. Le respondí: es verdad, ¡Es lo único realmente hermoso que tiene Caracas!

Ciertamente, los caraqueños siempre estamos pendientes de nuestra montaña. Nunca falta en una conversación amena la referencia. Indistintamente que le demos género masculino o femenino; o hablemos de cerro o de montaña. Los indios en cambio la llamaron Waraira repano (Sierra grande) No tenían dudas de su género. La montaña cambió de nombre, por allá por 1774 cuando el cerro formaba parte de la finca de Don Juan Alvarez de Avila. Para el caraqueño no hay día sin Avila: ¿Viste que lindo amaneció ? ¡Ya tiene el rosado del Capin melao! ¿Viste la nube de contaminación que lo cubre? La montaña es nuestra diaria referencia. Pero hay más mucho más....

El Waraira repano, obviamente nombre indígena, comenzó a llamarse Avila por allá por 1774 cuando el cerro formaba parte de la finca de Don Juan Alvarez de Avila, o Juan de Avila. 
El Avila ha sido canted por músicos, recitado por poetas, plasmado por pintores, ensoñado por los enamorados y utilizado como coordenadas de la ciudad. Es nuestra brújula. Los jóvenes caraqueños no pierden la oportunidad de disfrutar de sus parajes, subiendo con empeño y esfuerzo sus empinadas cuestas. No faltó un ambicioso urbanista -que a mediados de los años cincuenta- tuvo la osadía de realizar un proyecto para abrir un túnel en él, de forma de comunicar la capital con el litoral. Hasta los taumaturgos han sucumbido a su embrujo y más de una vez realizaron nefastos vaticinios relacionados con la montaña: que si es un volcán extinto, que si se abrirá por la mitad en tal o cual momento y pare usted de contar. También hubo quien la culpabilizara -ya que le hemos conferido identidad- por los aciagos sucesos del deslave ocurrido en el litoral y más de un caraqueño la observa ahora con temor.

El Avila da para todo.Yo creo que la adoración totémica que sentimos los caraqueños por El Avila, tiene mucho que ver con el caos citadino en que tratamos de sobrevivir. Los capitalinos ya no tenemos vínculos -puntos locales- que nos indiquen que continuamos viviendo en la ciudad donde nacimos. Mucho menos podemos establecer recuerdos afectivos con nuestra ciudad, actualmente convertida en mercado de fachada tercer mundista y contaminación globalizada. La calle que diariamente transitábamos, cualquier día menos pensado dejó de serlo para convertirse en un mall, parking o elevado. Los nombres de las calles o avenidas que conocíamos tradicionalmente, han sido modificados tantas veces –siempre de acuerdo al gusto de la tolda gobernante- que ya terminamos por omitirlos y nuestras direcciones concluyen por ser las más risibles del mundo. Frente a la panadería tal; al lado de la lavandería cual; allí donde está el kiosco. El edificio aquél de fachada de principios de siglo, o aquél otro art-deco -que nos parecían tan de buen gusto- fueron demolidos, para dar paso a un descomunal esperpento acristalado que en su petulancia, pretende ser más alto que la misma montaña.

Por si tal caos no fuera suficiente, para hacernos sentir mas desubicados dentro de nuestro propio entorno, hasta la memoria histórica de la ciudad nos la borraron para dar paso a un supuesto progreso. Para poder ampararnos en una lejana remembranza historicista, queda una casa del Libertador, una Plaza Bolívar y un Panteón Nacional, otrora amparado a la sombra amable de una frondosa arboleda y hoy desolado -por asoleado- en medio de un yermo cuadrilátero de mármol y granito.

Para resarcirnos de toda este caos urbanístico, ésta pérdida del terruño, nos queda la montaña. Majestuosa e impertérrita. Siempre allí para recordamos que sí, que estamos en Caracas. Ella nos lo hace saber, con su imponencia y su descomunal majestuosidad.

El Avila -esa inigualable montaña- solaz de los caraqueños, admiración de los visitantes, garante de nuestra caraqueñeidad -si acaso la más autentica- nos hace adorarla y referirla como uno más de nosotros. Ojalá no se le ocurra a algún megalómano constructor o alguien de los que supuestamente planifican o administran nuestras ciudades, quitarla de en medio para convertir nuestra Caracas en un futuro joint-venture. ¡Tal como están las vainas, nunca se sabe!


Caracas, julio 2000
Ilustración: Cabré