27 octubre, 2011

Milagro habemus





Al Dr. José Gregorio Hernández lo han cogido de barajita de cambio. Los venezolanos piden su beatificación a cuenta de milagroso. Recientemente sus creyentes celebraron los 147 años de su nacimiento con una misa. También no podía faltar la Misión José Gregorio Hernández, que no ha entregado memoria y cuenta de cuantos han sido los milagros desde su funcionamiento en 2008. Ahora se debe agradecer al venerable la sanación del principal enfermo, según sus recientes declaraciones de converso confeso... ¡Lo que hay que escuchar!

El que tenga su fe y crea que José Gregorio lo va a salvar de una apendicitis sin cirugía, allá él que corra su riesgo. Si a ver vamos en este país hay mucho médico con sensibilidad social, que no cobra a aquellos que no pueden pagar, tal como dicen que hacía el susodicho doctor Hernández en vida y no por ello los candidatean a la santidad. No voy a dar nombres para no personalizar y porque además se me puede pasar alguno. Para hacer milagros no hay que estar muerto. Aquí hay mucho médico milagroso vivito y coleando, o qué creen usted que hacen los galenos que trabajan con pésimos salarios, sin recursos y expuestos constantemente al malandraje, en el Hospital Vargas o en el Periférico de Catia; ¡milagros! y sin reconocimiento. ¿Y los patólogos que trabajan en nuestras subdotadas, e insalubres morgues? además insuficientes para la mortandad que allí ingresa. ¡Eso sí es voluntad de servir!

En Venezuela hemos tenido y aún tenemos excelentes médicos, sanitaristas, investigadores y especialistas avalados a nivel internacional, dedicados a su profesión y apegados a su juramento Hipocrático. Algunos cobrarán más, otros cobrarán menos, pero todos cobran como es lógico porque tienen familia que mantener y secretarias: enfermeras, asistentes, etc. que de ellos dependen. Quizá habrá otros que perdonarán al paciente el pago de una consulta, si su circunstancia económica lo amerita... Hasta donde yo sé en ninguna parte del mundo, llega usted a la antesala de una eminencia tan fácilmente como en Venezuela. En otros países, donde existen servicios médicos socializados por ejemplo Canadá y España, el paciente tiene que hacer toda una peregrinación de consultorio en consultorio, después de múltiples exámenes y si en verdad lo requiere, tras meses de espera finalmente llegar al especialista.


Repetir que el médico que no sea revolucionario es oligarca: pesetero, desalmado; o recalcar que nuestro sistema de salud es inexistente como tal; o que la Misión Barrio Adentro se barrió del mapa, es redundante. Pero me llama la atención que nuestro principal enfermo desconfíe, no ya de los médicos veteranos salidos de nuestras reconocidas universidades, sino también de los galenos que el sistema revolucionario gradúa en las escuelas bolivarianas de medicina. De creer en ellos no se entregaría al conocimiento de los médicos cubanos. Esto deja mucho que desear de la verosimilitud del discurso oficial, que pretende hacernos creer que la salud del “soberano” está en buenas manos. Pero viene al caso que la ciencia cubana quedó en entredicho, puesto que al principal enfermo quién sí lo curó fue el venerable, ¡a confesión de parte relevo de pruebas!



Agradecidos como estamos se erigirá un monumento que como los anteriores, de seguro correrá bajo la responsabilidad del arquitecto del régimen. Considero conveniente ser prudentes y no precipitarse con la obra, no sea que la sanación definitiva no se de -porque suele suceder- y la credibilidad del milagroso se vea en un brete…
A mi no me convence ni brujería ni sanación del más allá: yo me atengo a mis sanadores venezolanos que las aciertan curando y salvando vidas aquí y ahora... Empero, resulta más fácil achacar a José Gregorio la salvación del paciente, en vez de reconocer que fue uno de nuestros médicos quien obró el milagro .

Caracas, octubre 2011


Ilustración tomada del diario El nacional.