“El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible,mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política” Simón Bolívar en el Discurso de Angostura (15 de febrero de 1819)
Hoy 25 de octubre de 2013, será una fecha memorable para todos los
habitantes de esta tierra de gracia. Por iniciativa presidencial se decreta que
todos seremos felices; tanto así que se crea un Vice-ministerio para la
Suprema Felicidad, a los efectos del caso... Habiendo cumplido a cabalidad la meta de la
paz planetaria; el pleno desarrollo de nuestra economía; la total
industrialización del país; la erradicación del delito y las corruptelas
administrativas; el más alto índice educativo, cultural y de investigación
científica (que nos permiten ser altamente competitivos mundialmente) y el
incremento de la producción que nos permitirá a corto plazo convertirnos en una
potencia; ¿qué nos falta, si con todos estos “logros” no somos felices? ¡Pues
un ministerio que administre la felicidad! Más claro no puede ser. Los
habitantes del mar de la felicidad, con tantos beneficios forzosamente tenemos
que estar felices, lo que sucede es que no queremos darnos cuenta. Se requiere
un ministerio que ponga orden en el asunto para que reparta equitativamente
(así como se hace con la comida en Mercal), la plétora de dicha que nos invade.
Si la constitución de los EE.UU. señala que el pueblo tiene derecho al bienestar general (Sic), por qué nosotros
no podemos promover la felicidad nacional. Si en Bután (Himalaya), tal como lo
ordenó el Rey para sus súbditos en 2002, el pueblo se convirtió en muy feliz;
por qué dudar que la ocurrencia del inquilino de Miraflores pueda tener los
mismos efectos aquí. Si tal como reza la consigna revolucionaria: En socialismo lo extraordinario se hace cotidiano, no nos asombremos de la incorporación
de este asunto al plan de la nación. Como de algo “supremo” se trata, uno de
sus cometidos más importante será Elevar las Misiones al cielo para que sus
logros lleguen hasta donde está el Supremo Comandante.(Sic) ¡Coñastre! ya la cuestión sobrepasará lo mundano y
entrará en el inescrutable más allá… Es que en estos años de revoluciones somos
así, solidarios. Sería una acción muy capitalista adueñarnos de la felicidad
para nosotros solos y no compartirla con los habitantes celestiales. ¡Que la
revolución bonita cunda en el cielo!
¿Y qué se requiere para que un pueblo (cualquier pueblo de este mundo)
sea feliz? ¿Cómo se medirán los parámetros de la tal felicidad? ¿Se empleará un
felicitómetro por habitante, para
computar su mayor o menor dicha? Al ciudadano que no se atreva a ser feliz, ¿se
le impondrá una multa, o se le declarará traidor a la patria? ¿Cómo sabremos si
el Insepulto se percató de los logros felicitosos? ¿Cuánto se invertirá en recursos para tan “acertada” ocurrencia?
Decía el poeta Octavio Paz (palabras más, palabras menos), que había que
desconfiar de todos esos sistemas que ofrecen la felicidad; qué decir si además
ésta se impone... Empero, algo sí es seguro; los amigos humoristas le van a
sacar un buen filón al tema. Al menos moriremos de risa, porque si abordamos el
asunto seriamente, moriremos llorando. Para finalizar: Qué lejos están los que se pretenden "hijos del ibertador", del enunciado que encabeza esta crónica.
Caracas, octubre, 2013
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